viernes, 12 de junio de 2009

Lealtad Inquebrantable

Visitando el blog de DeRose encontramos este video. La lealtad inquebrantable es una de las 8 caracteristicaas principales del SwáSthya. En este increible corto de pixar se retrata a la perfección. Disfrútenlo.



Si no pueden ver el video hagan click sobre el siguiente link http://metododerosepalermo.blogspot.com/2009/06/lealtad-inquebrantable.html


LEALTAD INQUEBRANTABLE
Lealtad a los ideales, lealtad a los amigos, lealtad a su tipo de Yôga, lealtad al Maestro, constituyen también una característica definida del Yôga Antiguo. En el Swásthya valorizamos hasta la lealtad a los clientes y a los proveedores. Simbólicamente, somos leales aun a nuestros objetos y a nuestra casa, procurando preservarlos y cultivar la estabilidad, al evitar la sustitución y la mudanza por el simple impulso de variar (Yôga chitta vritti nirôdha). Hay circunstancias en que cambiar es parte de la evolución y puede constituir la solución de un problema de estancamiento. En ese caso, es claro, no se trata de inestabilidad emocional. El propio Shiva, creador del Yôga, tiene como uno de sus atributos la renovación.
No hay nada más lindo que ser leal. Leal cuando todos los demás ya dejaron de serlo. Leal cuando todas las evidencias apuntan contra su ser querido, persona amada, colega o compañero, pero usted no teme comprometerse y mantenerse leal hasta el fin.
Realmente, no hay nada más noble que la lealtad, especialmente en una época en que tan pocos preservan esa virtud.

Extraído del libro Yôga Avanzado de DeRose

Más fotos de la graduación





Graduación de Instructores del Método DeRose






Grupo SwáSthya


Aquí algunas fotos de la presentación en el Hotel Etolie, dentro del marco del Festival Internacional del Método DeRose en Buenos Aires en el 2008.




Posted by Picasa

LAS MAÑANAS DE MI INFANCIA


Me acuerdo de una linda mañana de sol, en que los campos floridos ondulaban con la brisa fresca. Yo debía tener unos cuatro años de edad y mi madre me enseñaba cómo caminar por el sendero de tierra evitando pisar las hojas secas para no herir a alguna serpiente que estuviese durmiendo y no percibiese nuestra aproximación, decía ella. Según mi mamá, la serpiente no era mala y no me mordería por mal sino por miedo de mí, que era un animal mucho mayor que ella.
Mamá me enseñaba también a percibir el ruido particular que cada animal, ave o insecto hacía al desplazarse o al acechar. De hecho, cuando empecé a prestar atención, podía perfectamente separar el ruido del viento en la vegetación, del llamado de un insecto casi imperceptible y del leve aletear de un ave de rapiña planeando bajo para cazar un roedor desprevenido. Un día ella me dijo:
—¡Shhh! Escucha.
Pero no oí nada. Entonces, apuntó con el dedo mayor, como era costumbre en nuestro pueblo. Miré y no vi nada. Pero comencé a percibir un leve ruido como si fuese una lija pasando levemente sobre el piso arenoso.
—¡No te muevas, para no asustarla!
En pocos instantes, vimos una majestuosa cobra amarronada de unos dos metros de largo que salía de atrás del matorral. Por todo lo que mi madre me enseñó, puedo decir que le debo la vida varias veces.
Pasábamos la mañana entera jugando a agujerear el suelo de tierra blanda con el dedo pulgar y tirando dentro de los orificios unas semillitas. Después, pasábamos algunas semanas jugando a colocar
agua y estiércol de vaca en torno de cada lugar plantado. También debíamos conversar y reír bastante por allí cerca. Mamá decía que si la semilla escuchaba nuestra conversación y nuestras risas, sacaría la cabecita para ver lo que pasaba. Entonces, nos quedábamos días y días conversando y contando cosas divertidas, esperando ansiosamente que la semilla asomase la cabeza fuera de la tierra.
Mi madre tenía razón. Después de algunos días vi, con alegría imposible de describir, el primer brote saliendo al sol. Y después otro, y otro.
—Ahora—me dijo ella—debemos mostrar a las plantitas que el mundo aquí afuera vale la pena. Vamos a estar siempre felices unos con los otros, para que las plantitas no vuelvan para adentro. También debemos cuidar de ellas porque, pobrecitas, no pueden desplazarse como nosotros para ir a beber agua cuando tienen sed, ni para huir cuando alguien va a pisarlas.
Colocamos protecciones de bambú a su alrededor y todas las mañanas les dábamos agua, porque era verano y el calor era muy fuerte. Había días en que teníamos que protegerlas del sol y cubríamos una gran área con una tela casi transparente y ya medio vieja, pero que era mantenida inmaculadamente limpia. Nunca pregunté por qué se lavaba esa tela, si iba a quedar expuesta al sol y al viento que, a veces, levantaba nubes de polvo rojizo. Pero, incansablemente, las mujeres de la aldea lavaban metros y metros de tela, siempre cantando y riendo de las cosas más simples. Cierta vez, la causa fue una rana que saltó dentro de la cesta de mimbre. Una de las mujeres comentó que la rana estaba queriendo casarse y, por ese motivo absolutamente ingenuo, las mujeres rieron hasta el atardecer.

Extraído del libro Yo Recuerdo, de DeRose

Grupo SwáSthya en el Festival Internacional del Método DeRose en Florianópolis

Tierra



Agua



Aire




Fuego